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lunes, 10 de abril de 2017

El retrato de la condesa de Vilches - La obra cumbre de Federico de Madrazo



Era algo especial que yo tenía pendiente, dentro de mis indagaciones artísticas, hasta que llegase el momento oportuno, de tratarlo con sumo detalle. Hacía muchísimo tiempo, que me rondaba la idea de realizar: un artículo, acerca de este cuadro significativo. Ya en mi juventud, este lienzo me había impresionado, la primera vez que lo contemplé. Y ahora, en mis años de madurez, todavía lo sigo admirando, con la misma intensidad y veneración incondicional, que merece esta obra magistral.

Este cuadro que pintó Federico de Madrazo, en 1853, representa a la I Condesa de Vilches: Amalia de Llano y Dotres (1821-1874). La técnica empleada: óleo sobre lienzo. Medidas: 126 cm x 89 cm. Propiedad del Museo del Prado (Madrid). Era una obra muy estimada, por el pintor español. Es la mejor pintura de la retratística romántica española, así como el más encantador, de los retratos femeninos del artista. Madrazo cobró 4.000 reales, en lugar de los 8.000, que acostumbraba, por las pinturas de medio cuerpo con manos. Lo cual no debe sorprendernos, ya que Federico, formaba parte del círculo de amistades de la condesa, que la “reverenciaban” recatadamente.

Amalia era una mujer culta, virtuosa, católica y monárquica. Ella tenía 32 años de edad, cuando fue retratada por Madrazo, aunque no aparenta esos años. Se ignora si poseía algún elixir de juventud. La condesa aparece sentada, en una suntuosa butaca; tapizada en terciopelo floreado. Ella lleva puesto un vestido de raso azul, con volantes; de amplio escote, que deja descubiertos los hombros. Es un traje de estilo “neorococó”. Destaca el brillo de la calidad de la tela, los pliegues y los pequeños encajes. Su color llamativo nos agrada de inmediato.

La mujer apoya el codo derecho, encima del brazo del mueble. Los dedos de la mano derecha, rozan con suavidad, la zona baja de la cara. Se aprecia el rubor de sus mejillas. Y en la mano izquierda sostiene un abanico de plumas, entre sus dedos, con delicadeza. Hay una sortija, en el dedo anular izquierdo. Ella se gira con gracia, y nos contempla de frente, a pesar de la dirección del asiento; en diagonal. Es posible que al moverse, su chal haya descendido por la espalda, y lo vemos cerca del brazo diestro. La condesa mira al pintor, y también a nosotros. Parece escuchar con interés una conversación. Es una pose atrevida y razonada.

Su cabello largo está recogido, gracias a un peinado elegante: casquetes a los lados, ocultando las orejas; raya en medio; y una trenza por encima, a modo de diadema. En cuanto a las joyas, prefirió las más sencillas: una argolla en la muñeca derecha; una pulsera en la izquierda y el anillo antes citado. La luz blanca ilumina el rostro, el escote y los brazos. Detrás queda la penumbra de una habitación; un fondo neutro, que retrocede ante la protagonista del cuadro. El pintor firmó este lienzo así: “F. DE MADRAZO. 1853.” En el borde inferior del asiento. Esta obra pictórica es el retrato número 203, del listado personal del artista. Entre 1842 y 1868 pintó 400 retratos. Entre ellos, hay que recordar, los 28 cuadros dedicados: a la reina Isabel II de España, entre 1844-1868. Posteriormente realizó 234 obras, del mismo género pictórico.

La condesa muestra una sonrisa natural, una mirada profunda y sincera, que se vislumbra en el brillo de sus pupilas. El artista la inmortalizó de tal modo, insuperable, como si Amalia hubiera sido una musa del Arte, y así la proyectara a la posteridad, igual que una entidad sobrenatural y eterna. Ese bello rostro cordial, que refleja la espontaneidad de una mujer excepcional. Hay que observarla con meditación, poniendo nuestra confianza en ella; simplemente, por el poder de sus ojos, ¿o existe algún extraño influjo, que no es visible a simple vista, y que atraviesa los siglos, para conmovernos ahora y en el mañana, constantemente? ¿Qué es en realidad esto? ¿Arte o magia? ¿El alarde de la técnica, o es un “milagro”, que escapa al conocimiento de los especialistas?

El 12 de octubre de 1839, en la iglesia de Santa Cruz de Madrid, tuvo lugar el enlace nupcial, entre la joven Amalia, que contaba 18 años, con el distinguido Gonzalo José de Vilches y Parga (1810-1879), de 29 años de edad, en aquel entonces; según el certificado de matrimonio, que redactó el sacerdote oficiante de la boda: D. Pedro Sáinz de Baranda. La reina Isabel II elevaría a Gonzalo, a la categoría de “Conde de Vilches”, el 8 de diciembre de 1848. Este personaje diplomático, ejerció de diputado del Partido Moderado y de la Unión Liberal, en las Cortes españolas, entre 1840-1866. Y como senador: entre 1876-1879. Fruto del matrimonio Vilches nacieron dos hijos: Gonzalo y María del Pilar. En cuanto a la condesa, llegó a ser escritora; siendo la autora de dos novelas: Ledia (1868) y Berta (1874). Es una lástima, que sus obras no aparezcan en ediciones modernas.


Autorretrato de Federico de Madrazo. 1840. 
Museo Goya, Castres (Francia).

Federico de Madrazo y Küntz (1815-1894). Él era sin duda, todo un genio artístico; el cual superó a sus maestros, en el Arte de la Pintura; desarrollando su propio estilo, después de absorber todas las influencias posibles, en la Europa de la época, que le tocó vivir, para llegar más lejos que sus predecesores; logrando así el éxito. Un pintor magnífico que cosechó: una buena cartera de clientes; aristócratas, políticos, personajes de la cultura, parientes y amigos.

Convencionalmente, se ha enfatizado la supesta influencia ingresiana, en Federico de Madrazo. Desde mi punto de vista, no la percibo así. Respeto las opiniones de otros expertos, pero no las comparto. Las mujeres que pintó Dominique Ingres (1780-1867), parecen dotadas de una cierta frialdad, como estatuas de mármol. En cambio, las féminas retratadas por Madrazo, están llenas de vida; independientemente, de que su expresión facial, pueda “cautivarnos” o no; lo cual será producto de nuestra subjetividad.

Sabemos que Ingres era amigo del padre de Federico, y que nuestro pintor español, estuvo en París, en dos ocasiones: una primera estancia entre 1832-1833, y una segunda, entre 1837-1839. También residió en Roma dos años. Asimismo, visitó otras ciudades. Y cuando se alojó en la capital francesa, Federico no permaneció recluido continuamente, en el taller de Ingres, sino que conoció a otros artistas y descubrió la ciudad parisina.

Ingres presenta en los retratos: al individuo dentro de su clase social; a la cual pertenece; con moderación. Con frecuencia, las miradas de sus personajes se pierden, sutilmente. Las poses suelen ser discutibles. No favorecen mucho, a sus modelos femeninas. Al contrario, las “reprime” en un cliché. Seguidamente, analizaré brevemente, dos cuadros de Ingres, que se han comparado, tópicamente, con el lienzo de la condesa española. Desconociéndose, si Federico llegó a ver estas pinturas, del artista francés. No obstante, que mis lectoras y lectores examinen estas obras:


1- La baronesa de Rothschild (1848). Colección particular. La mujer está casi hundida en el sofá. Tiene una amplia sonrisa, pero tensa. Sus pupilas son esquivas; observan algo inconcreto, hacia un punto lateral; no se concentran en el espectador. El pintor se interesa más por el vestido.


2- La princesa de Broglie (1853). Museo de Arte Metropolitano de Nueva York. Ella se muestra retraída e inclinada, levemente, detrás de un sillón. El artista francés vuelve a prestar, más atención al ostentoso traje, que a otros detalles, sin destacar el semblante. La boca es una solución de cajón; usada en otras pinturas.

A Federico de madrazo no le inquieta la clase social, prefiere: la felicidad de su clientela. Siendo capaz de capturar en sus lienzos: el carácter de las mujeres y de los hombres, que pasaron por delante de su caballete. En mi opinión, poco podía aprender de Ingres. El respeto por la línea del dibujo, era algo común en todos los académicos, lo mismo que la palidez cromática. La técnica académica la aprendió de su padre, principalmente; el pintor neoclásico José de Madrazo y Agudo (1781-1859). Sin embargo, Federico hace un uso especial, en el color; mucho más intenso, que lo engloba en la emoción romántica.


Referencias bibliográficas:

GARCÍA JÁÑEZ, Francisca: “De lo pictórico a lo literario en el romanticismo español: puntos de conexión”, en VVAA: Actas XIV Congreso AIH (T. III), Nueva York, 2001, Centro Virtual Cervantes.

GÓNZALEZ LÓPEZ, Carlos: Federico de Madrazo y Küntz, Subirana, Barcelona, 1981.

HUELVES MUÑOZ, María José: “Los condes de Vilches (siglos XIX y XX)”, en VVAA: La Casa del Rey – Cuatro siglos de historia, Ayuntamiento de Arganda del Rey, Madrid, 1997.

NAVAS RUIZ, Ricardo: El Romanticismo español, Cátedra, Madrid, 1990.

OCIO ZAPATA, María Paz: Museo del Prado – Los grandes maestros, Edimat, Madrid, 2004.

POMARÈDE, Vincent / NAVARRO, Carlos Guillermo (ed.): Ingres (Catálogo), Museo Nacional del Prado, Madrid, 2015.

PUENTE, Joaquín de la: Museo del Prado – Casón del Buen Retiro – Catálogo de las pinturas del siglo XIX, Ministerio de Cultura, Madrid, 1985.

REYERO, Carlos / FREIXA, Mireia: Pintura y escultura en España, 1800-1900, Manuales Arte Cátedra, Madrid, 1995.

VVAA: El retrato en el Museo del Prado, Anaya, Madrid, Madrid, 1994.

Biblioteca visitada, en la cual se conservan algunos de estos libros:

-Biblioteca de la Universidad de La Laguna - Campus de Guajara.

Agradezco al personal, de este centro de documentación, por el buen trato recibido y por su profesionalidad.

lunes, 20 de febrero de 2017

La parroquia matriz de La Victoria de Acentejo - Su patrimonio histórico y artístico



Un tesoro de Tenerife (Canarias)

A principios del siglo XVI, con el asentamiento de los primeros colonos en el territorio, la tradición revela la creación de una ermita, siguiendo una promesa de Alonso Fernández de Lugo (c. 1456-1525). Así lo deducimos, desde el punto de vista del sacerdote José Rodríguez Moure (1855-1936), el cual relaciona cuatro santuarios marianos, con la intervención fundacional directa, por parte de Lugo: Nuestra Señora de la Concepción, Nuestra Señora de los Remedios, Nuestra Señora de Gracia y Nuestra Señora de la Victoria. Las tres primeras en San Cristóbal de La Laguna, y la cuarta en Acentejo. Sin embargo, en la documentación antigua de la parroquia, no aparece este origen; posiblemente por descuido, o por la pérdida de la escritura.

Habría que esperar al 22 de marzo de 1537,  a la generosidad de Gonzalo de Salamanca y de otros vecinos de la zona, para concertarse la edificación de una iglesia, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Victoria, a la cual dotaron sus bienes. Comprensiblemente este santuario vendría a sustituir, a la ermita humilde y desaparecida. Hay que tener en cuenta, que Gonzalo había sido muy agraciado, en el reparto de tierras del Adelantado. El templo consistía en una nave, capilla mayor y sacristía. Pero lamentablemente, sería pasto de las llamas, en la década de los ochenta de dicha centuria. No lográndose salvar nada. Entonces, se llevaría a cabo una reconstrucción, que recuperaría su dimensión anterior. Volviendo a estar en funcionamiento, en 1591.

Con el paso de los siglos, debido al aumento de la población y de la consecuente necesidad de sepulturas, fue inevitable la construcción de nuevas naves, así como la mejora en altura, de la capilla mayor. La nave del Evangelio se fabricó en 1657, por voluntad del cura José Manuel de Olivera. Lo cual se demuestra, en una inscripción de una columna. Detalle que ciertos autores, no han prestado atención, o que han interpretado incorrectamente. En cuanto a la nave de la Epístola, nacería dentro de la primera década del siglo XVIII. Posteriormente se construyó la torre, en varias fases: desde 1726, 1731, 1734 y la última: en 1884. Cuando se completó la obra, colocándose el reloj y el chapitel. Siendo una iniciativa del párroco Martín Rodríguez, y colaborando el alcalde Domingo García. Finalmente, en la década de los cincuenta, del siglo XX, fue acoplada una fachada pantalla, de notable calidad artística, en su diseño, para embellecerla definitivamente.

El Decreto 602/1985, de 20 de diciembre, declaró monumento histórico-artístico de interés, para la Comunidad Autónoma de Canarias: la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, en La Victoria de Acentejo, en el puesto número 13, del listado de monumentos meritorios (BOC, Nº 13, 31/01/1986).

Por una resolución de 7 de septiembre de 1988, de la Viceconsejería de Cultura y Deportes, se adjudicó la restauración, de la iglesia de La Victoria de Acentejo, a la empresa: “Miguel Hernández Ventura”, por un importe de 19.270.582 pesetas (BOC, Nº 129, 12/10/1988).

El Decreto 65/2014, de 12 de junio, modificó la categoría del Bien de Interés Cultural: “Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria”, por la de Monumento, al que se vinculan los bienes muebles, y se delimita su entorno de protección (BOC, Nº 117, 19/06/2014).

En la actualidad, el templo está compuesto de tres naves: una central, muy ancha, y dos laterales. La principal y las otras, están separadas por arquerías de medio punto, relativamente moderadas; y las resguarda una techumbre de madera y tejas; siguiendo la tradición mudéjar. Este templo alberga seis altares


1º. Retablo mayor. En el testero de la nave principal. Altar con dos partes relevantes: la primera con las esculturas en sus hornacinas, y la segunda con tres cuadros pintados al óleo. La capilla mayor sufrió tres reformas. La última en el primer cuarto del siglo XVIII, por el alarife Bartolomé Rodríguez (de La Orotava), ocupándose de la cantería, albañilería del arco y paredes. La techumbre y el tirante de la capilla, corrió de cuenta del maestro carpintero: Lorenzo Hernández y de sus ayudantes. Después se acrecentaría el retablo mayor, con un ático sobre el primer cuerpo, a tres calles, con tres lienzos interesantes; obras del agustino José Barroso; el cual vivía en el convento del Espíritu Santo de La Laguna. Se conservan dos: una a la derecha, que representa a San Agustín, acompañado de dos ángeles, y otra a la izquierda, con el Niño Jesús y San Juan Bautista (niño). En el centro existió un cuadro de la Virgen del Socorro, hasta 1955 (según una fotografía antigua); y que fue sustituido en 1957, por un cuadro de la Candelaria (siglo XVIII).

El altar mayor es de un solo cuerpo, tripartito, sobre alto banco, con dos puertas, una a cada lado, debajo de las hornacinas laterales, y únicamente, una puerta permanece abierta hacia la sacristía. La estructura se completa con el ático ya citado. Destaca del cuerpo del retablo, el emparejamiento de pilastra con columna abalaustrada, en la calle central. Posee tres nichos, el central más alto y ancho, con un entablamento curvo encima. Contiene las andas de baldaquino (1733), con la Patrona de la Villa: Nuestra Señora de la Victoria. Una imagen de vestir, de finales del siglo XVI, de especial belleza, con su encantador Niño Jesús. La Patrona muestra un estandarte triunfal, en su mano derecha. El 2 de septiembre de 1998, fue declarada: “Alcaldesa Honoraria”; recibiendo la vara y un escudo de plata, por mediación del alcalde Alfonso Fernández García (1929-2014). El primer regidor de la etapa democrática, que se preocupó, por la defensa del Nombre de Nuestra Señora de la Victoria; haciendo frente al inmovilismo “encarnacionista” de la Diócesis.

 
En la década de los cincuenta del siglo XX, se ampliaron en altura las hornacinas laterales, para instalar unas esculturas de escayola, adquiridas en Olot (Gerona): un San José a la derecha, y un Sagrado Corazón de Jesús, a la izquierda; sustituyéndose el San José antiguo y el Niño Jesús (de pie). Delante de la parte baja del retablo, bajo la calle central, sobresale el manifestador y el Sagrario; en el centro de la predela (de cuatro encasamentos); entre dos crestas candeleros de siete velas; siguiendo la tradición barroca; lo que contrasta, con el frontal neoclásico. También de plata repujada, y que fue donado por Agustín Antonio Ávila; vecino del lugar, en 1816.
 
En 1997 se restauró el altar, proyecto que dirigió Dácil de la Rosa Vilar; profesora y restauradora, de la Facultad de Bellas Artes, de la Universidad de La Laguna; asistida de un buen equipo de colaboradores. Esta labor importante fue costeada, por el Cabildo Insular de Tenerife, con unos nueve millones de pesetas.
La capilla mayor exhibe: un artesonado, de los mejores de Tenerife; con un diseño de fuerte efecto ilusionista.


2º. Retablo de Nuestra Señora del Rosario. En la cabecera de la nave del Evangelio. Su cronología aproximada: entre finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Posiblemente se hizo por etapas. El cuerpo principal, en las últimas décadas del XVII, y el remate, con el anagrama mariano, hacia 1715. Y no después de 1725, como lo ajustó Alfonso Trujillo en 1977, sin pruebas documentales; simplemente, para que conviniera a su teoría de estípites canarios. Esto ha dado pie, a que otros autores acreditados o principiantes, lo repitan continuamente. Incluso, encasillando casi todas las esculturas, en el XVIII. La cofradía del Rosario surgió en 1650, y la nave del Evangelio en 1657. Ante la falta de datos antiguos, pues algunos se han perdido por deterioro, resulta muy extraño, que la ejecución del altar se alargara en el tiempo, y otros colindantes tuvieran mejor fortuna.

Aparentemente, en 1679, mientras no se demuestre lo contrario, todavía no estaba hecho el retablo. Todo un misterio por resolver. La imagen de vestir, de Nuestra Señora del Rosario, en la hornacina central, se puede clasificar hacia 1680. En cuanto al San Antonio de Lisboa y al San Francisco de Asís, por su estilo, en la postrimería del XVII, o en los inicios del XVIII. Referente al San Juan Bautista, de los primeros años del siglo XVII, con influencia andaluza.

El retablo muestra: la modalidad más pura de estípite, que se encuentra en el Archipiélago. Con seis pilastras-estípites; cuatro en la parte central (pareadas); un par a cada lado del encasamento, que alberga la hornacina principal, ricamente decorada. En 1994 se restauró este altar, por los restauradores: Miguel Darío Banúls Maciá, Mª Mercedes Martín de la Sierra y Mª Almudena Salmerón Berdejo, ambos de Madrid, y Mª José Mir Fernández, de Menorca.

 
3º. Retablo de las Ánimas del Purgatorio. En la nave del Evangelio. Es un altar hecho en varias fases, entre los siglos XVII y XVIII. Está relacionado con la cofradía de Ánimas, fundada en 1626. La nave se fabricó en 1657. Los últimos indicios apuntan, a un encargo de un cuadro de Ánimas; que en realidad representa un Juicio Final; el cual se pagó con el dinero de la cofradía, en 1668. Pintado en La Laguna, por un artista anónimo; no registrado; el cual cobraría 665 reales. Después se construyó un altar de madera en 1672. Incorporándose un sagrario en 1705. Reformada una parte en 1718. Hasta que recibe el dorado, en 1734.

En el siglo pasado, llamó la atención de los investigadores. El profesor Jesús Hernández Perera (1924-1997), lo atribuyó al pintor Gaspar Afonso de Quevedo (1616-1670...). Luego, los expertos se dedicaron al análisis y descripción, de esta obra pictórica. Simultáneamente, buscaron la posible identidad, de un personaje reservado, que aparece retratado, en la esquina inferior izquierda. De dos hipótesis antagónicas, tomó más peso, la que formuló Leopoldo de la Rosa Olivera (1905-1983); insigne investigador y doctor en Derecho; el cual suponía, que fuese el cura José Manuel de la Olivera, el hipotético “donante”. Esto tuvo sus consecuencias: muchos estudiosos se vieron arrastrados por la ola. Hasta que en el 2003, tras la restauración del cuadro, se pudo percibir mejor, los detalles. Advirtiéndose que el protagonista, no vestía una sotana, sino un jubón negro. Lo que elimina: la idea de la donación de un clérigo.

Se trata de un óleo sobre lienzo, de unos 4 metros de altura, por 2,83 de ancho, la supuesta obra del pintor orotavense. Una pintura que posee gran interés para Canarias; pues se trata de la primera de esta iconografía (conservada), que después serviría de inspiración a otros artistas; como Cristóbal Hernández de Quintana (1651-1725), o Luis José Escultor (1716-1746...).

Dentro del frontal, convertido en una urna, se guarda al Señor Yacente. Es el antiguo Cristo de la Misericordia, de brazos articulados. En mi opinión, es una escultura manierista, situada a fines del siglo XVI, o primeros años del XVII, según mi análisis formal y estilístico. Podría ser de procedencia peninsular, o haber sido hecha por algún escultor foráneo, residente en Canarias. Y encima del frontal, hay una talla del Niño Jesús del Dulce Nombre (siglo XVII), que está de pie. El cual ha circulado por varios retablos, a lo largo de los siglos.


4º. Retablo del Calvario. A los pies de la nave del Evangelio. Inicialmente estuvo dedicado al Cristo de la Misericordia. El altar se instaló en 1663, y costó 965 reales. La policromía y el dorado, entre 1759 y 1763. Presenta cuatro pilastras corintias (renovadas). En la hornacina central se encuentra el Calvario, formado por el Cristo de la Agonía; proveniente de la Península en 1951; la Virgen de los Dolores (siglo XVIII; vestida de Soledad) y San Juan Evangelista (siglo XVII); conocido popularmente como “San Juanito”. En los nichos laterales aparecen: San Pedro Papa, a la derecha, y el Jesús Nazareno, a la izquierda; ambos del siglo XVII. El Nazareno se presenta como un Jesús Preso, con las manos atadas, por falta de espacio para la Cruz. En Semana Santa se dispone en su trono, con su Cruz a cuestas. En el remate del retablo, vemos una crestería que simula hojas de plantas; de influencia portuguesa (del siglo XVIII); rodeando un cuadro de Santa Verónica. En 1992 fue reformado este altar, por el decorador Sánchez; puesto que se había desplomado la parte superior; rehaciéndolo y dándole una policromía llamativa. Desde 1951 se denominó: retablo del Cristo de la Agonía, o el Calvario.


5º. Retablo de San Matías, o de Nuestra Señora del Carmen. En la cabecera de la nave de la Epístola. Primeramente estaba dedicado a San Matías Apóstol, en la que fuera capilla de la familia Calzadilla. Ya en su momento, la profesora Tina Calero explicó: que en 1702, el presbítero D. Matías Pérez Calzadilla compró al mayordomo de Fábrica de la iglesia, Domingo Hernández, un solar donde fabricó una capilla dedicada al Santo. El 6 de agosto de 1714, D. Matías hace una segunda escritura, reafirmando la compra de dicho terreno. Su fundación por devoción a San Matías, se ejecutó el mismo año de 1702. Incluyendo un retablo, con todo lo necesario para celebrar la misa, y había costeado la figura del Santo; instalándolo en el nicho central. Esta escultura es similar al San Andrés (1706), de Lázaro González de Ocampo (1651-1714); de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen (Realejo Bajo).

Personalmente, en el 2001, inspeccioné la escritura del 6-VIII-1714, redactada por el escribano público Juan de Morales y Rojas, de Los Realejos; siendo los testigos Domingo Martínez Aguiar, Miguel González Coimbra y Cristóbal Machado. En tal fecha, D. Matías era beneficiado de la parroquia de Ntra. Sra. de la Concepción del lugar, calificador y comisario del Santo Oficio. Tras la lectura del documento, confirmé la ejecución de la obra en 1702. Más tarde, el 26 de noviembre de 1731, el sobrino de D. Matías: D. Antonio Pérez Calzadilla “mandó a dorar este retablo”; es decir: aplicarle el pan de oro. Según nos informa, la inscripción izquierda del sotabanco del altar; cosa que hizo D. Antonio, para cumplir la voluntad del testamento de su tío (véase la otra inscripción, a la derecha).

La importancia de este retablo reside, en ser el único ejemplo, que se puede exponer de modo representativo, de la variante tipológica de altar de columnas salomónicas, de un solo cuerpo tripartito y ático. Sobresale en las columnas: la decoración de sarmientos y racimos; solamente en el primer cuerpo, y los capiteles corintios. Columnas semejantes encontramos, en el retablo mayor de la parroquia de San Juan de la Rambla (Tenerife), que estaba haciéndose en 1707. El altar de San Matías se restauró, entre el 16 de mayo y el 30 de noviembre de 2000, dirigiendo el proyecto Dácil de la Rosa, con un equipo de cinco colaboradores. Ocupa la obra 7,35 x 5,57 m. La restauración fue minuciosa y laboriosa; porque se retiraron tres capas de repintes (azul celeste, marrón y blanco); que ocultaban la policromía original; la cual podemos admirar hoy en día.

En 1826, Nuestra Señora del Carmen (siglo XVIII) ocupó la hornacina central; procedente de otro retablo; lo cual ocasionó el añadido de un escudo carmelita, en el frontal de este altar. Junto a ella, en los nichos laterales: Santa Bárbara (segundo cuarto del siglo XVIII), a la derecha, y San Matías (1702), a la izquierda. En el nicho del ático, hay una escultura de Dios Padre (inicios del siglo XVIII), que supuestamente, formó parte de una Trinidad desaparecida, y que se atribuye a Lázaro González de Ocampo (1651-1714), al igual que San Matías.

La capilla del Carmen está cubierta, por un interesante artesonado ochavado, posiblemente de muy avanzado el siglo XVIII, por la calidad del ornato pictórico, así como de los temas y colores utilizados, que indican el tránsito, a la influencia portuguesa, en las techumbres canarias. Se restauró en 1997, por Dácil de la Rosa y su equipo.


6º. Retablo de Nuestra Señora de Candelaria. En la nave de la Epístola. Realizado en la segunda mitad del siglo XX. La efigie de la Candelaria fue tallada en 1981, por el escultor orotavense Ezequiel de León y Domínguez (1926-2008). En los nichos laterales: el Santo Hermano Pedro de Betancur; una escultura de este siglo, a la derecha, y Santa Lucía (siglo XVII), a la izquierda. En el 2005 se retiraron unos lienzos azules, que estaban pegados en las hornacinas.


Otras obras artísticas de interés. En la nave del Evangelio: la Santa Cruz de Semana Santa, en su trono procesional; una Santa Rita de Casia (de este siglo), encima de un pedestal; y un San Sebastián (siglo XVIII), sobre una repisa. Asimismo, en la nave de la Epístola: una Inmaculada Concepción (siglo XX), en una mesa; y el Señor de la Columna (siglo XVII, de estilo barroco); el cual perteneció a la ermita de Santo Domingo (originariamente). En el siglo XVIII se trasladó a esta iglesia. Ahora está expuesto en una hornacina con repisa.

  
El “Pino Centenario”. Evidentemente es un pino canario, cuyo nombre científico es pinus canariensis. Se trata de un árbol gigantesco muy antiguo; anterior a la Conquista de Tenerife (1494-1496). Él fue testigo directo de la Segunda Batalla de Acentejo, el 25 de diciembre de 1495. El adjetivo “centenario”, le queda corto, porque significa “que tiene cien años o más”, cuando este ejemplar tiene más de cinco siglos. Por ello, prefiero utilizar “Pino Histórico”. En tiempo remoto, sostuvo la campana de la primitiva ermita. En 1776, por disposición del obispo de Canarias, fray Juan Bautista Cervera, se cortaron algunas ramas, las cuales caían encima del camarín de la iglesia. En esta época fue tapiada una ventana, y se cortó un laurel que estaba junto al Pino.


Referencias bibliográficas:

DELGADO IZQUIERDO, Leonardo: “Conservación de nuestro patrimonio - El patrimonio de la iglesia de La Victoria de Acentejo”, La Prensa (revista semanal) del periódico El Día, Santa Cruz de Tenerife, sábado 24 de marzo de 2001, pp. 1-3.

__: “El cuadro de Ánimas de La Victoria de Acentejo”, La Prensa (revista semanal) del periódico El Día, Santa Cruz de Tenerife, sábado 15 de febrero de 2003, p. 9.

FERNÁNDEZ GARCÍA, Alfonso: La Victoria, 5 siglos, Centro de la Cultura Popular Canaria, San Cristóbal de La Laguna, 2002.

FRAGA GONZÁLEZ, María del Carmen: La arquitectura mudéjar en Canarias, Aula de Cultura de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1977.

GARCÍA DE ARA, José Antonio: “La Victoria” (Ciudades y pueblos de Canarias), La Prensa (revista semanal) del periódico El Día, Santa Cruz de Tenerife, domingo 16 de marzo de 1997.

RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Leoncio: Los árboles históricos y tradicionales de Canarias (prólogo de Wolfredo Wilpret de la Torre), vol. I – 1ª parte, Editorial Leoncio Rodríguez, Santa Cruz de Tenerife, 2001.

RODRÍGUEZ MOURE, José: Los Adelantados de Canarias, Real Sociedad Económica de Amigos del País, San Cristóbal de La Laguna, 1941.

En este listado no están presentes, todas las publicaciones consultadas por mí. Se trata de una selección; ya que era muy extensa la lista completa; sin incluir los documentos de archivos. Por razón de espacio y de sentido común, ha sido necesaria: abreviar la amplitud y la complejidad del tema.

Bibliotecas visitadas, en las cuales se conservan los libros y los artículos de prensa:

-Biblioteca Pública Municipal de La Victoria de Acentejo.
-Biblioteca Pública Municipal de San Cristóbal de La Laguna.
-Biblioteca Centro de Documentación de Canarias y América (CEDOCAM).
-Biblioteca de la Universidad de La Laguna - Campus de Guajara.

Agradezco a todo el personal, de estos centros de documentación, por el buen trato recibido y por su profesionalidad.

También, quiero informar a los posibles visitantes, que la parroquia suele estar abierta: de lunes a viernes, sobre las 17 horas; puesto que la misa se celebra a las 18 horas. Los sábados, la misa a las 18:45; y los domingos, a las 11 de la mañana. Esto si no se cambia el horario.

Las fotografías del interior de la iglesia: 08/01/2017. Y la foto de cabecera, de la fachada de la parroquia, con su torre: 14/02/2017.